ARCHIVO DE EDITORIALES


Editorial 1:

LA VIDA,  ESE YUNQUE

Hace unos días, durante el rezo del Rosario, alguien se equivocó de misterio. Tocaba rezar los de gloria y en lugar de mencionar en cuarto lugar, como correspondía, la Asunción de la Virgen, quien dirigía el Rosario rememoró el perteneciente a los misterios de dolor, es decir, la subida de Jesucristo al Calvario con la cruz a cuestas.

Me hizo sonreir la equivocación, porque tenía, en el fondo, un gran valor catequético: ¿Misterio de gloria el sufrimiento de Jesucristo yendo hacia su muerte?

Pues si. Claro que si. Porque el sufrimiento, cuando es aceptado -como Él lo aceptó-, glorifica, nos santifica. Y no sólo a nosotros mismos, sino también a nuestro entorno. Rehuirlo, rebelarse contra él, no lleva a ningún mejoramiento como personas. Por el contrario, nos amarga y entristece, resultando negativo, motivo de "crisis" y de empeoramiento vivencial y espiritual para quienes nos rodean.

Por el contrario, son infinitos los testimonios de enfermos o de gentes de su entorno más próximo que reconocen -al cabo del tiempo- que sin aquel sufrimiento que les tocó vivir no habrían avanzado, no habrían crecido como seres humanos.

Y es que sólo da sentido a la vida lo que nos haga dignos de ser recibidos en brazos de quien nos creó.

Recordad el conocido refrán castellano: "Quien algo quiere, algo le cuesta". Sin embargo, Dios nos ama tanto que quizás estaría dispuesto a no poner ningún "precio" a la Gloria (salvo el que expresó San Agustín, cuando afirmó que está en venta, que se puede comprar y que no tiene un alto precio: "¡Vale lo que tengas!"), pero es que quizás nosotros mismos no nos sentiríamos a la altura de premio tan grande.

Hubo una vez, en una parábola de Jesús, alguien que habiendo sido invitado a un banquete de bodas asistió a él sin el atuendo que correspondía a la ocasión... y fue echado de la sala.

Y es que para gozar en plenitud de la Gloria de Dios, de su inmenso regalo, hay que llegar preparados, con los "deberes" hechos, dignos de tal Dios y de tal lugar y habiendo crecido lo suficiente, "en vertical", hacia Él.                    


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