La respuesta está en Dios...
LA
RESPUESTA
SOBRE
LA FE
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Dios en busca del hombre |
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¡Difícil empresa esta de explicar lo que es la fe! ¿Cómo puede explicarse una sinfonía si no es oyéndola? ¿Cómo puede contarse un paisaje maravilloso si no es viéndolo? ¿Cómo puede transmitirse una emoción si no es sintiéndola?
Voy a contaros mi experiencia personal en esto de la fe (y perdonad que lo mencione por segunda vez en esta misma web, pero creo que es necesario). Porque yo mismo tuve graves dificultades en poder comprender qué era, cuando a los cuarenta y tantos años aún no había recibido ese enorme regalo.
Había pedido muchas veces a mi esposa (ella era creyente de toda la vida) que me explicara qué cosa era la fe. Su respuesta fue siempre, invariablemente: "No te lo puedo explicar, la siento y basta", con lo cual me dejaba exactamente en el mismo punto en el que me encontraba anteriormente. Seguía sin respuesta. A cada nuevo intento mío, su "explicación" no variaba: "No sé como explicártelo, sé, en mi interior, que todo esto es verdad, pero no puedo contarte porque lo se". Yo no entendía nada. No comprendía por que razón no se podía explicar, creyendo -y ahí estaba mi error- que al fin y al cabo se trataba de un proceso intelectual, y por lo tanto definible. No cabía en mi cerebro que eso pudiera estar ahí, en lo más profundo del espíritu de mi esposa, sin que ella misma supiera definírmelo... Cuando al cabo de unos años recibí ese maravilloso regalo, lo comprendí todo: ¡Yo mismo sentía la fe habitar en mi interior, pero era incapaz de explicar qué cosa era! ¡Pero estaba ahí! Creía... y punto.
"La fe es un hecho en los que la poseen y disertar sobre
ella los que no la tienen es como si una sociedad de ciegos discutiera acerca
de lo que oyeran hablar de la luz a los videntes"
Debo decir, sin embargo, que mi fe se componía y se compone de dos factores en diferentes porcentajes. Y que seguramente cualquier creyente tiene también ambos. Por un lado está la fe que regala Dios (esta no os la voy a poder explicar), pero, por otro, está la que puede ser razonada, comprendida por el intelecto, argumentada por la lógica más "científica" (y que sólo puedo intentar razonar en esta web). Habrá quien tenga casi un cien por cien de "fe inexplicable" en su alma y muy poco o casi nada de "fe razonable". Y al revés. Bueno, no, al revés es imposible. Comprenderlo todo no está al alcance del ser humano. Por evidentes limitaciones intelectuales y, sobre todo, por que si eso fuera posible seriamos iguales a Dios. Lo cual no impide que, por la razón, podamos llegar a entender -o intuir- una buena parte del "contexto" aunque el detalle se nos escape.
"Mi posición siempre ha sido igual: la razón conduce inexorablemente a Dios." (Gregorio Marañón, médico y escritor español. Del prólogo escrito para "Guía médica del intérprete de milagros y favores", libro de Fermin Irigarai)
Vamos a ver, para empezar... ¿Por qué un Dios que medio se esconde?
"Dios está suficientemente revelado en las Escrituras para que lo hallen los que lo buscan. Dios está suficientemente oculto en las escrituras para que no lo hallen los que no lo buscan de todo corazón" (Blaise Pascal. Filósofo, matemático y físico francés)
Nada debe de agradar más a Dios que mostrarse a aquellos que lo buscan sinceramente. Para Dios sería muy fácil aparecérsenos públicamente en todos las ciudades y pueblos del mundo. Todos los noticiarios de todas las televisiones del orbe interrumpirían sus programas habituales para dar la gran noticia... todos los periódicos del mundo lo pondrían en portada a la mañana siguiente: "Dios existe. Ayer le vio todo el mundo... y dio pruebas de ello". Así, a nadie le quedaría otra salida que creer sin dudarlo ni un instante. Sin titubeos. Por decirlo de otra manera "no habría más remedio que creer". Pero, entonces, ¿sería para nosotros una opción, o, simplemente, una consecuencia obligada de hecho tan extraordinario? ¿Qué seria de nuestro libre albedrío? ¿Dónde quedaría nuestra aportación personal en eso de llegar a la Gloria?
Dios quiso que le buscáramos. Y sin embargo... ¡es Él quien viene a buscarnos!
"Todas las religiones son vías por las que el hombre se
acerca a Dios. Son múltiples. La religión cristiana es única, pues es Dios
quien encuentra al hombre."
Efectivamente, nosotros, los cristianos, sabemos quien estuvo detrás de la Creación. Por eso somos afortunados. Un gran puñado de preguntas tienen respuesta. Y las "comprendemos" y las "creemos" (por una combinación de los dos componentes de la fe de que hablábamos antes). El Dios de los cristianos toma la iniciativa, viene a mitad de camino a encontrarnos, Él es quien invita a la fe, nosotros sólo respondemos en un sentido u otro, porque Dios no fuerza a nada, no obliga, sólo propone, sugiere, invita.
Desde la Creación todo su interés está en dotarnos de una existencia que nos pueda realizar espiritualmente, que pueda aportarnos un bagaje espiritual conveniente al gran premio que nos espera. Por eso, en la vida hay momentos buenos y momentos malos. Todos nos forman, todos nos modelan... para llegar a Dios dignos de Él.
Como dice San Agustín en la cita que sigue, siempre la alegría más desbordante va precedida de un tormento mayor. O, por decirlo de otra forma, sólo quien empieza de aprendiz en un taller puede llegar a capataz valorando lo conseguido. Sólo quien ha pasado penurias económicas comprende suficientemente el valor del dinero, lo que cuesta ganar una sola moneda. Sólo quien ha pasado por el sufrimiento aprecia la curación suficientemente.
¿Qué es pues lo que ocurre en el alma para que de hecho
sienta mayor placer cuando encuentra o recobra las cosas queridas que si
siempre las hubiera tenido? Este hecho viene a ratificarlo también el resto de
las criaturas. Todo está lleno de testimonios que proclaman que la realidad es
así.
Triunfa el general victorioso, pero no hubiera vencido si no hubiera peleado. Cuanto mayor fue el peligro que corrió en la batalla tanto mayores son sus gozos y alegrías en el triunfo. El temporal zarandea a los navegantes y aumenta el riesgo de naufragio. Todos palidecen ante una muerte inminente. Pero sobreviene la bonanza en el cielo y en el mar, y se sienten inundados de alegría, porque el susto fue de marca mayor. Enferma un ser querido, y su pulso alterado es síntoma de su enfermedad. Todos los que desean su recuperación anímicamente están enfermos con él. Vuelve a sentirse bien y aunque no camine con la energía y el vigor de antes, es tal su alegría que no la tuvo nunca igual cuando estaba sano y caminaba con paso firme
(...)
Y esto ocurre cuando hablamos de alegrías vergonzosas y
abominables. Esto ocurre en la amistad más sincera y honesta. Eso mismo es lo
que sucedió a aquel que había muerto y resucitó, que se había perdido y fue
hallado. Siempre la alegría más desbordante va precedida de un tormento mayor"
La vida, además, tiene muchos aspectos "directamente" buenos. No todo es un camino de espinas, ni para los más desfavorecidos de la sociedad, porque también ellos pueden disfrutar de cosas maravillosas...: ¿a quien dar las gracias por la belleza, por el arte de músicos y pintores, por los buenos sentimientos y emociones, por el amor...?
"El peor momento del ateo es aquel
en el que se siente agradecido y no
sabe a quien darle las gracias"
La fina ironía de Chesterton no deja de ser una verdad como un puño. Es en estas ocasiones, cuando se experimentan estos goces del espíritu de los que hemos hablado antes (felicidad, belleza, emociones, amor...), cuando uno llega a intuir (y la mayor parte de no creyentes, en el fondo -quizás muy en el fondo-, "intuyen" aunque muchos no se lo permitan reconocer ni a ellos mismos) que esta vida sería un gran sarcasmo si la existencia humana no tuviera un sentido, una trascendencia. ¿Por qué los maravillosos momentos que nos depara la vida? Incluso... ¿por qué los contrarios? Evidentemente, si no hay algo más, nuestra existencia es grotesca. Por eso, en el fondo, hay una cierta inquietud sobre este tema en quien no cree, por pequeña que sea. Inquietud que, a veces semi-inconscientemente, entierra debajo de sus muchas actividades habituales, o no llega a formular por falta de la necesaria reflexion sobre cuestión tan fundamental.
Como dijo un famoso converso:
"Tú no me buscarías si no me hubieses encontrado, dice el
Dios de Pascal. No me matarías si no me sintieses vivir, dice el Dios de los
ateos"
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando como Pascal:
¿Le buscas? ¡Es que le tienes!
(Amado Nervo. Poeta, novelista y ensayista mexicano).
En cualquier caso... ¿como buscarle-encontrarle? Sin miedos, sin prejuicios (no confundir el cristianismo con los cristianos)...
"El cristianismo no ha fallado, los que hemos fallado muchas veces hemos sido los cristianos." (Ana de Felipe, ex-Presidenta de Manos Unidas. Una de las "Ocho opciones" que ilustran una entrevista con Josep M. Gironella, publicada en el periódico "La Vanguardia" en 1994.)
y con el corazón abierto a lo que venga...?
En primer lugar, haría falta despojarse del propio yo en muchos aspectos. Si estamos demasiado centrados en el mundo sensorial y material, difícilmente nuestra alma tomará el suficiente vuelo como para entrar -ni que sea por un momento- en temas de ámbito espiritual.
"Para creer diez veces más en Dios, generalmente hay suficiente con creer diez veces menos en uno mismo." (André Frossard. De "Los pensamientos")
"Encontré a Dios, donde me dejé a mi
mismo; y donde me encontré a mi mismo, perdí a Dios"
Y en segundo lugar, recordar que en el resultado de la búsqueda siempre seguirá habiendo algún que otro interrogante... porque saberlo todo -como dijimos antes- sólo es atributo de Dios, no de los seres humanos.
"La fe es una búsqueda. Hay que
ponerse en camino hacia Cristo sabiendo que no se le llega a conocer nunca
completamente y que, a menudo, se le encierra en palabras, en lenguajes, en
certezas que lo enmascaran más de lo que le revelan"
Pero un día la fe llega, si se desea de verdad. Y entonces, os lo aseguro, cuando se experimenta la fe en alma propia es la más intensa emoción que uno puede sentir. Saber, tener la certeza de que Dios está con uno, que Él es algo cierto, que no es ningún invento, que es el sentido último de la existencia humana... es decir, tener fe, es una "dulce" vivencia: ni absorbe ni aplasta, ni limita ni recorta. Todo lo contrario, es el bálsamo que cierra todas las heridas, apaga todas las inquietudes, seca todas las lágrimas. Simplemente... porque Él está ahí, dentro y alrededor, a un lado y al otro, antes y después de todo...
Cercanía, proximidad, que expresó magistralmente el Padre Aimé Duval:
"Yo era el quinto de una familia de nueve hermanos... En
esta familia fue donde aprendí la piedad expansiva y demostrativa. Diariamente,
no teníamos mas que la plegaria de la noche recitada en común, pero de eso me
acuerdo y me acordaré incluso con los ojos cerrados.
Mi hermana Elena recitaba las oraciones, unas plegarias
largas para unos niños (un cuarto de hora), ella aceleraba, farfullaba, tomaba
atajos, hasta el momento en que mi padre le decía en dialecto: `Repoigne´
(vuelve a empezar). Entonces aprendí que se había de hablar al buen Dios poco a
poco, seriamente y con una paciente
amabilidad.
Lo que me emociona recordar hoy es la actitud de mi padre.
Él, que estaba siempre cansado a causa de sus trabajos en el campo o en el
transporte de la madera, él que mostraba sin rubor estar fatigado al volver del
trabajo, se ponía de rodillas, después de cenar, con los codos en el respaldo
de una silla y la frente entre las manos, sin dirigir una mirada a sus hijos
situados alrededor suyo, sin un movimiento, sin toser, sin impacientarse.
Y yo pensaba: `Mi padre, que es tan fuerte, que manda en
casa, que hace lo mismo con sus dos gordos bueyes, que se muestra orgulloso
delante de los reveses de la suerte y tan poco tímido delante del alcalde, los
ricos y los inteligentes, se vuelve pequeño de todo delante del buen Dios.
Verdaderamente, hablarle le transforma.
En verdad, el buen Dios ha de ser alguien muy grande para
que mi padre se arrodille y alguien muy familiar también para que le hable con
su ropa de trabajo puesta...´
En cuanto a mi madre, nunca la vi de rodillas. Estaba
demasiado cansada y se sentaba en medio de la habitación, con el último recién
nacido entre sus brazos, con un vestido negro hasta los talones, sus bonitos
cabellos castaños esparcidos sobre su cuello y todos los críos alrededor suyo,
apoyados en ella.
Seguía con sus labios las plegarias de principio a fin, no
quería perderse ni una migaja, las decía por su cuenta. Lo más curioso es que
no paraba nunca de mirarnos. De uno en uno, por turnos, recibíamos su mirada.
Una mirada más larga sobre los más pequeños. Nos miraba, pero nunca decía nada.
Ni tan solo cuando los pequeños se movían o murmuraban, ni tan solo cuando el
gato hacía caer una cacerola.
Y yo pensaba: `Verdaderamente, el buen Dios ha de ser muy
amable para que se le pueda hablar con un niño en los brazos y con el delantal
puesto.
Verdaderamente, el buen Dios ha de ser alguien importante
para que ni el gato ni la tempestad tengan ya importancia´
Las manos de mi padre, los labios de mi madre, me han
enseñado más sobre el buen Dios que mi catecismo. Él es alguien. Él es alguien
cercano..."
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Imagen de cabecera de: www.cruzblanca.org/hermanoleon
Ver también:
La respuesta sobre la existencia de Dios
La respuesta al sentido de la vida
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