La respuesta está en Dios...


¿La muerte? Sólo una puerta donde pone "entrada", no "salida"...
Imaginaros el momento de la muerte sólo como una puerta en la que pone "entrada" en lugar de "salida", que es como nosotros la hemos concebido siempre.
"Entrada". ¿Entrada a qué? A lo desconocido, es cierto, pero a lo inmenso, a lo importante, a lo que vale la pena, también. A la gran respuesta definitiva.
Detrás de esa puerta con el cartel de "entrada"... ¿que se esconde? No lo sabemos a ciencia cierta de forma científica. Pero, en lo más profundo de nosotros mismos, algo nos dice que Dios tiene que existir, y, en consecuencia, aunque no entendamos cómo ni porque, algo nos dice que la vida tiene que tener un sentido trascendente, algo nos hace sospechar que todo tiene una explicación (porque sino la vida sería el mayor de los sarcasmos)... por todo ello, e incluso por la más elemental lógica, intuimos que detrás está el Cielo, o el Paraíso, o el Reino, o lo Inmenso, o lo Absoluto... llamadle como queráis.
¿O no es verdad que en algún rincón de nosotros mismos, en lo más hondo, hay un atisbo de eso, por pequeño que sea? Ateos y no creyentes en general: no hablo de ninguna creencia definida, hablo de una mínima duda. No entendéis... luego lo negáis. Pero en el fondo... si alguna vez conseguís hacer el suficiente silencio a vuestro alrededor, en vuestra vida, como para poneros a pensar seriamente en todo ello... esa formulación tan sumamente simple de "una creación sin creador y que no lleva a ninguna parte" no creo que os satisfaga lo más mínimo.
"Tú no me buscarías si no me hubieses encontrado, dice el Dios de Pascal. No me matarías si no me sintieses vivir, dice el Dios de los ateos" (Giovanni Papini, en "La escala de Jacob")
Pero, siguiendo con nuestro tema... ese cartel en la puerta de la muerte debe de poner "entrada" porque hablando del camino de la vida, ese con tantas piedras y cuesta arriba, no puede ser que lo importante sea lo que dejamos atrás, lo importante tiene que ser lo que viene luego. Si no, la propia existencia humana sería un sinsentido en donde habríamos alternado momentos felices con momentos dolorosos sin que ni unos ni otros nos hubieran servido para nada. ¡Que triste... que pérdida de tiempo y de esfuerzos... que "porque" tan absurdo!... Toda nuestra historia: los buenos momentos y los sinsabores, lo feliz y lo triste, todo el amor dado y recibido... todo... echado por la borda.
"No puedo aceptar que todo se acabe:
nuestros sueños y deseos, nuestro amor, nuestros seres queridos, las buenas
obras. Si, deben de ir a parar a alguna parte. Debe haber un más allá. Porque,
si no es así, sería como si no hubiéramos vivido, sería la gran estafa"
"Un mundo sin resurrección, sin más allá, sin vida eterna, es un mundo donde habría sufrido de claustrofobia y donde habría corrido el riesgo de ahogarme" (Pierre Teilhard de Chardin, sacerdote católico, autor de un famoso estudio en el que buscaba compatibilizar evolucionismo con cristianismo. Citado en "Alla ricerca del Paradiso" de Paola Giovetti)
Pasamos por la vida como quien camina tambaleándose por uno de esos pasajes de la selva hechos con lianas: una para los pies, una o dos para las manos. Sólo teniendo constantemente presente que hay un "otro lado", firme y seguro, llegamos sin peligro a su término. Si en lugar de ello sólo fijamos nuestra atención en la inestabilidad de la liana en la que nos encontramos, llega la zozobra y estamos en peligro de caer. Por ello, aplicando el ejemplo al tema del que hablamos, sólo si tenemos siempre presente ese final firme y seguro, veremos la muerte, la que Dios escoge y decide, con la esperanza de traspasar a algo inmensamente mejor a lo que conocimos en la tierra.
La vida no es un camino alfombrado de flores... lo sabemos todos. Pero ¿Os podéis imaginar, ni por un momento, que después aun fuera peor?
Por eso sería demasiado cruel que esa puerta que es la muerte no pusiera "entrada". Después de un túnel, después de un camino oscuro, angosto y lleno de piedras como es tantas veces la vida, tiene que venir algo mejor, no algo peor, porque no tendría ninguna lógica, sería algo sin sentido alguno. No puedo creer en esa posibilidad. Y no es concebible que ese lugar de llegada sea peor que esta vida terrena, si le hemos dejado a Dios decir la última palabra, claro. A un sitio no se entraría. Lo contrario no sería digno de Dios.
Y Él al otro lado. Con su enorme carga de misericordia y piedad. Porque fue quien nos hizo y sabe perfectamente de qué material. Por ello, sería muy triste que nuestras imperfecciones, aquellas contra las que luchamos y que quisimos superar con mayor o menor acierto, nos condenaran a no verle nunca y a no disfrutar del paraíso prometido. En consecuencia, su misericordia tiene que ser inmensa. Porque sabe perfectamente cómo somos y de qué estamos hechos.
Listo para valorar lo bueno que hayamos hecho, aunque sea poco. Dispuesto a olvidar lo malo. Hay un proverbio judío que cuenta que los humanos estamos unidos a Dios por un hilo. Cuando fallamos, ese hilo se rompe. Sin embargo, cuando le pedimos perdón por ello, Dios mismo se agacha, hace un nudo con los dos cabos del hilo cortado y repara la "conexión". Dice también el proverbio que así, de falta en perdón, nos acercamos más a Dios, porque la distancia se va acortando. Y es que darse cuenta de la falta y pedir perdón por ella es pedagógico. Y así Dios cumple en nosotros el rol que más le gusta llevar a cabo: ejercer su misericordia, su amor.
"Resonará un grito: `Dichosos los invitados al banquete de las bodas del Cordero´. (Apocalipsis 19,9).
Cada uno tendrá su cubierto junto a Él. Cada uno descubrirá, por fin, en su mirada, el inmenso amor con que era amado desde siempre. Se maravillará de la paciencia con la que el Salvador ha soportado todos sus retrasos y de las estratagemas que ha puesto en práctica para hacerle regresar a Él" (Pierre Descouvemont, sacerdote, profesor de filosofía, escritor. De "Guía de las dificultades de la fe católica")
¡Ah, si pudiéramos ver nuestra existencia terrena desde la plenitud de la otra! Nos haría sonreir la importancia excesiva que dimos a las cosas materiales -que se quedaron todas allí, en la otra orilla-. Nos haría sonreir el celo que pusimos en ganar dinero o divertirnos, o lo mal que aceptamos el sufrimiento y los sinsabores de la vida.
Alguien habló así de esta óptica inversa "mas allá-tierra":
"El amor no desaparece nunca. La muerte no es nada, simplemente me he ido a la habitación de al lado. Yo soy yo, tú eres tú. Lo que éramos el uno para el otro lo somos siempre. Dame el nombre que siempre me has dado.
Háblame como lo has hecho siempre, no emplees un tono diferente. No adoptes un aire solemne o triste. Sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos. Ora, sonríe, piensa en mí, reza por mi. Que mi nombre sea pronunciado en casa como lo fue siempre, sin énfasis de ninguna clase, sin nada sombrío. La vida significa todo lo que ella ha significado siempre y es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado. ¿Por qué habría yo de estar fuera de tu pensamiento simplemente porque estoy fuera de tu vista? Te espero, no estoy lejos, justo del otro lado del camino. Como ves, todo está bien" (Henry Scott Holland. Profesor y canónigo inglés. Citado por Mónica del Valle Costa en su libro "Diamela. Ojos de cielo. Ojos del alma").
A fin de cuentas, la muerte sólo es un tránsito.
"Morir sólo es morir. Morir se acaba"
Seguimos "estando" aunque en otra dimensión. Seguimos "siendo".
"Estoy en la orilla del mar.
Llevado por la brisa de la mañana, pasa un velero que se aleja en el océano.
Es la belleza, es la vida.
Lo miro hasta que desaparece en el horizonte.
Alguien a mi lado dice: "Se ha ido".
... Ido, ¿Hacia donde? ¡Solo se fue de mi vista!
Su mástil es todavía muy alto.
Su casco mantiene la fuerza para llevar su carga humana.
Su desaparición total de mi vista está en mi, no en el.
Y justo en el momento en que alguien a mi lado dice "Se ha ido", hay otros que, viéndole emerger del horizonte y venir hacia ellos, exclaman con alegría: "Aquí viene".
Eso es la Muerte."
(Poema de Wiliam Blake, oído en un funeral celebrado en la Parroquia de Ntra. Sra. del Pilar de Barcelona)
Cuando quiera Dios que nos topemos con ella no le pongamos reparos. Viniendo de Él no será nunca en mal momento. Dios nos quiere demasiado para llamarnos inoportunamente. Un eminente confesor, hombre muy docto, me contaba que a través de su larguísima experiencia en el acompañamiento espiritual de las personas había llegado al convencimiento de que Dios nos llama a la vida eterna en el mejor de los momentos. En el más adecuado. Aunque posiblemente muchas veces -diría yo-, sólo con una visión en perspectiva (normalmente desde el exterior del entorno más íntimo del difunto o desde una suficiente lejanía en el tiempo) se comprenda.
Al fin y al cabo, nada es en vano, el Amor divino todo lo recicla:
"La muerte es
tal vez eso: firmar su vida, al final, sin estar conforme con ella, pero con la
certeza de que nada ha sido en vano y que, en sus más mínimos detalles, todos
los acontecimientos, incluso los pecados, tenían un reverso desde el cual nos
trabajaba Dios. Y que el Terror, la Pena, el Espanto y la Ansiedad no fueron
sino máscaras con las que el Gran Esperado, el Gran Presente se vestía, para
visitarnos cada día, tornarnos finalmente apacibles y transformarnos a su imagen
para poder ser recibidos por el"
Lo dicho, una puerta donde no pone "salida" sino "entrada", o si os parece mejor esa otra definición:
"La muerte es, simplemente, como apagar una vela porque ya
es de día"
Pero eso si, dignos de ser recibidos por Dios, para poder ver amanecer ese día en total plenitud... cuando Él quiera y decida.
"Algún día el universo dará a luz,
por fin, a la humanidad llegada a término: a eso le daremos el nombre de
muerte. Gritaremos de miedo. Pero Dios llama a eso nacimiento.
Con lágrimas, con lágrimas de
alegría, descubriremos que todo, absolutamente todo lo que formaba parte de
nuestra vida humana -nuestros humildes amores, nuestros fracasos y nuestros
lutos, nuestras alegrías, el enorme e inútil sufrimiento- todo eso nos habrá preparado maravillosamente para esta
vida nueva. Nada se habrá perdido.
Y descubriremos el rostro de Dios,
como un niño el de su madre, que nunca le había abandonado.
Este gran parto ha comenzado. Cristo
ha sufrido los primeros dolores. Ha matado a la muerte. A eso es a lo que
llamamos Pascua o Resurrección. Paso de la muerte a la vida"
![]()
TESTIMONIO
EXCEPCIONAL DE UN CASO REAL ![]()
![]()
![]()