La respuesta está en Dios
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Encontrar a Dios en el testimonio personal de vida de ciertas personas. Cuenta el jesuita francés Bernard Sesboüé en su libro «Creer», una experiencia que vivió cuando un preso de 78 años le llamó para entrevistarse con él. El hombre le dijo: “Me quedan todavía tres años de prisión. No sé además si viviré para cumplirlos. He hecho tales cosas en mi vida que siempre me he dicho: si Dios existe, no puede perdonarme. Pero el otro día me enteré de que la religiosa que atiende la enfermería lleva aquí, como prisionera voluntaria en cierto modo, quince años. Esto no es simplemente humano. Esto quiere decir que Dios existe y que puede perdonarme’.” Creo que es realmente evidente: si no hay una absoluta certeza, una certidumbre sin claroscuros, una fe total en que Dios existe, nadie entrega su vida a la renuncia voluntaria a una vida normal, a la donación de si mismo más total, a la consagración de por vida a los otros. Sólo si hay un Dios se puede ser capaz de tal sacrificio. Como diría Charles de Foucauld: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él: mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe” (De «Charles de Foucauld, vida y camino» de Jean-François Six). No son posibles las medias tintas. O hemos comprendido verdaderamente qué significa en profundidad que Dios existe y que exista para cada uno amándonos, o nos hemos quedado a mitad del camino en eso de la fe. La actitud más coherente con esa certidumbre es la que demostraba un anuncio de televisión que recibió el máximo galardón en un congreso audiovisual. ”Aparecen primero unas manos que curan una pierna enferma, una visión horrorosa; luego, de espaldas, una cofia de religiosa. Una voz en off protesta: `¡Ah! Yo no haría eso ni por un millón de dólares´. Entonces la cara de la religiosa se vuelve y dice: `Claro, yo tampoco'”. (Citado por el dominico Bernard Bro en “Pero ¿qué diablos hacía Dios antes de la Creación?”). Y es que la entrega total de una vida no se hace por dinero, ni por ningún tipo de premio o reconocimiento, ni por tener un cargo, ni por disfrutar de un “buen nombre” entre los prójimos de tu entorno, ni por condicionantes sociales, ni por la seguridad que da tener un trabajo… sólo algo muy superior puede estar en la motivación base de un acto así. Un acto que compromete tu vida hasta el fin. Una prueba intangible, pero segura, de que hay Alguien que puede dar sentido trascendente a tu vida y que está por encima, muy por encima, de cualquier otra cosa, de cualquier deseo perecedero, de cualquier pseudo-felicidad con fecha de caducidad, de cualquier “comodidad de vida” que no lleva a ningún sitio. Y hacerte feliz…
3 Octubre 2018
¿Rezar? ¿Para qué? ¡Cuántas veces intentamos “contactar” con Dios y parece que no podemos establecer “comunicación”! ¡Cuántas no recibimos respuesta a nuestras peticiones,… o lo parece! ¡Cuántas tenemos la impresión de que hemos perdido el tiempo, de que no ha pasado nada! Pero quiero hacer un par de reflexiones en torno al tema. La primera es que oramos casi siempre esperando una respuesta o, por lo menos, experimentar un sentimiento que podamos interpretar que viene de Él. Y quizás tan importante sería que Dios nos hable, que se comunique con nosotros, como, simplemente, que nos escuche. Si nuestra confianza en Él es absoluta, lo importante es saber que nos ha escuchado. Su respuesta vendrá en la forma, en el tiempo y en el lugar que le parezca más conveniente… pero vendrá, si es que lo considera positivo para nosotros, de hecho, para nuestra salvación eterna, que es lo único que le  importa. Si no, el silencio será su respuesta (sobre ese tema en concreto ver el artículo “¿Dios no responde?” de esta misma web). No será la deseada pero sí, con seguridad, la más adecuada para nosotros. La segunda reflexión que quiero hacer es contaros los beneficios intangibles que dimanan de una oración confiada, franca, entregada… No se donde leí una vez la respuesta que alguien daba a quien le preguntaba sobre qué sacaba de rezar cotidianamente a Dios:  “Nada… -contestaba- pero déjame decirte lo que he perdido: La ira, el ego, la avaricia, la depresión, la inseguridad y el miedo a la muerte. A veces, la respuesta a nuestras oraciones no está en la ganancia, si no en la pérdida Sí. Es cierto. Yo mismo no saco a veces nada en claro de mis oraciones. Por lo menos, me lo parece, pero sí es  verdad que me vuelvo más pacífico y tolerante (por que mi alma queda invadida de sosiego), más humilde y menos orgulloso (porque de Él depende todo y yo no soy nada, o casi), más conforme con lo que tengo y menos deseoso de lo que no (al poner en sus manos de Padre su Providencia para conmigo), menos depresivo y, por lo tanto, más alegre y esperanzado (al entregar mi vida y mis desvelos en sus manos), menos temeroso de lo que me pueda pasar en un futuro más o menos próximo y ante la muerte siempre imprevisible (porque sólo Dios sabe el cuándo y el cómo, y sé que ello será en el mejor momento para mi alma)… Si. Dios habla menos de los que nos gustaría. Es cierto. Pero “escucharnos”… eso siempre.
30 Sept. 2018
Cosas que no entiendo. Lo confieso… cada vez entiendo menos algunas cosas, cada vez me cuesta más comprender ciertas actitudes, cada vez me siento más confuso ante un mundo que ha cambiado de carril mientras yo y una gran parte de él nos quedábamos en el mismo de toda la vida… Hay en concreto una expresión que se oye a veces en alguna entrevista, en televisión sobre todo, que acostumbran a decir ciertas personas cuando son criticadas o interrogadas por haberse propasado en sus acciones, tanto sean verbales como de hecho, cuando tienen que explicar el porque de su actitud e intentan excusarla como sea. Esa expresión con la que esas personas terminan su argumentación es: «¡Es que yo soy así!» (esgrimida como atenuante y suficiente razón de descargo en su favor). No puedo evitarlo. Inmediatamente me salta a los labios un «¡Pues cambia, caramba, cambia!», que para eso estás vivo y tienes tiempo por delante, que quieras o no compartes tu vida en una sociedad repleta de otras gentes, que tu obligación -como ser humano- es la de ser mejor persona cada día. Es como si vivieran solos y fuéramos los demás los que tenemos que adaptarnos a ellos. Si se han propasado de palabra o de obra… ¡es que son así! Es como si reivindicaran su “derecho” a no cambiar ni adaptarse a los que les rodean ni un ápice. ¿Pedir perdón? Ni mucho menos. ¿Aceptar que no estuvieron afortunados en su actuación? Ni por esas. ¿Comprender que la otra parte pueda sentirse ofendida, menospreciada o insultada? Que se fastidie. ¡Ellos son así! De nuevo el Pecado Original, cada vez más presente en la sociedad de hoy en día: el orgullo. El “Yo” por encima de los demás. El mundo debe de seguirles, no al revés. No piensan adaptarse a los demás. No quieren cambiar. Están bien como están. Y a quien no le guste como son ¡que se vaya a freír espárragos! Triste mundo éste. Un mundo con tantos reyezuelos como personas existen. Una sociedad repleta de engreídos. Una época de la historia humana en la que la palabra “humildad” no significa nada. O casi. Porque excepciones las hay. Por si alguno que me lee es así, sólo puedo repetirle: ¡Pues cambia, caramba, cambia! Sólo entonces sí podrás estar legítimamente orgulloso… de haberte “trabajado” en tu mejora personal, de haber “crecido” espiritualmente como ser humano, de ser un “self made man” (o woman) orientado a la perfección (aunque ésta pueda estar aun muy lejos).
23 Sept. 2018