La respuesta está en Dios
Vivir en cristiano
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Elogio de la sencillez
Los sencillos nunca ocuparán la primera página de los periódicos… ni falta que les hace. Los sencillos nunca serán protagonistas de la crónica social… ni pretenderán serlo. Los sencillos nunca se obsesionarán por ser adinerados… eso que se ahorran en estrés. Los sencillos no salen en televisión, como no sea formando parte de la masa… pero Jesucristo ya habló de ellos: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Los sencillos no necesitan ir a la moda… necesitan ser simplemente ellos, sin añadidos. Los sencillos no siguen ningún “ismo”… tienen más personalidad que eso. Los sencillos no se plantean si deben aportar algo a la sociedad… sólo se plantean “cómo” hacerlo. Los sencillos no necesitan escoger entre Lamborghini, Ferrari o Porsche… saben perfectamente que su eleccción se llama Metro, Bus o, como mucho, coche privado. Los sencillos no envidian el alto caché de los poderosos… prefieren vivir la vida a ras de suelo, en contacto con los demás. Los sencillos… quizás son más sabios en según que cosas, como demuestra el jesuita brasileño Anthony de Mello en “El canto del pájaro”,  cuando describe el siguiente diálogo entre un rico y un “sencillo”: “El rico industrial se horrorizó cuando vio a un pescador tranquilamente apoyado contra la barca, fumando una pipa. - ¿Por qué no has salido a pescar?, le preguntó el industrial. - Porque ya he pescado suficiente hoy, respondió el pescador. - ¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas? insistió el industrial. - ¿Y qué sacaría con ello?, preguntó el pescador. - Ganarías mas dinero -fue la respuesta-. De esta forma, podrías poner un motor a tu barca. Podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías suficiente para comprarte redes de nailon con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas... e, incluso, una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo. - ¿Y que haría entonces?, preguntó de nuevo el pescador. - Podrías sentarte y disfrutar de la vida, respondió el industrial. - ¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?, le respondió el satisfecho pescador”. Salvando todo lo que haya que salvar en cuanto a la aparente negación que hay en este escrito sobre las iniciativas que llevan a una honesta prosperidad y, por tanto, sin condenar de ningún modo el sano progreso económico de la sociedad, no se puede negar que, en el fondo, este texto esconde una moraleja muy cierta: la felicidad no radica en tener mucho, sino en vivir lo que se tiene con sencillez y paz en el alma. Como dijo Agustín Altisent en “Palabras para momentos difíciles”: “El secreto de la vida y de la felicidad no consiste en hacer aquello que se quiere, sino en querer aquello que se hace”. Una riqueza mal vivida se convierte en derroche, es decir, en despilfarro de aquello que para otras personas de nuestro entorno más o menos próximo, más o menos lejano, resulta ser necesario, básico, vital. San Basilio de Cesarea, ya en el siglo IV, escribió una homilía extraordinariamente “agresiva” hacia esa riqueza mal vivida, un texto que nos puede sorprender, inquietar, e incluso sonrojar, pero, como en el cuento de Anthony de Mello anterior, nos fuerza a reconocer que la clave cristiana de vivir la vida radica más en la sabia administración de los bienes que en disfrutar de ellos a cualquier precio. Diría más: no se puede estar en desacuerdo con sus palabras, aunque nos cueste admitirlo y más aun ponerlo en práctica: “Si cada cual hiciera servir sólo lo que necesita para su uso personal y aquello que le es superfluo lo dejara para quienes lo precisen, nadie sería rico, nadie sería pobre, no habría indigentes. (...) ¿Es que Dios es injusto y reparte de forma desigual los bienes necesarios para vivir? ¿Por qué tú eres rico y aquel es pobre? ¿No es así, ciertamente, para que tu bondad y tu fiel administración pueda recibir su recompensa mientras que el pobre tendrá el honor de ver como le llega el magnífico premio prometido por Dios para los pacientes? (...) ¿Quien es el avaro? El que no se contenta con lo que le basta. ¿Quién es el expoliador? El que toma los bienes de los otros. ¿Y tú, no eres un avaro? ¿No eres un expoliador? Tú, que conviertes en bienes propios aquello que has recibido para administrar. Al que quita a un hombre sus ropas se le llama ladrón. Aquel que no viste la desnudez del indigente cuando podría perfectamente hacerlo… ¿es digno de otro nombre? Al hambriento pertenece el pan que tú te guardas, al desnudo el abrigo que conservas en tu armario, al descalzo los zapatos que se pudren en tu casa, a los necesitados el dinero que tú te guardas. De forma que tú cometes tantas injusticias como personas existen a las que podrías dar”. (San Basilio de Cesarea.  Citado en la web: “francisco-caminodeesperanza.blogspot.com.es”) ¿Perturbador, no? Uno no puede por menos que sentirse un tanto incómodo después de leer las palabras del Obispo Basilio, ya que... ¿no es cierto que a grandes rasgos tiene razón? ¿No lo es que nos hace plantear algunas preguntas sobre nosotros mismos y nuestra actitud con el mundo que nos rodea? Y yendo un poco más lejos: ¿cómo podemos contemplar en televisión sin inmutarnos, pongo por ejemplo, la imagen de tantos niños muriendo por la enfermedad, la desnutrición o el frío, mientras nosotros guardamos en el armario cinco abrigos, en la alacena alimentos para uno o dos meses y nos guarecemos del invierno frente a alguna que otra estufa bien caliente…? En el mismo sentido se expresaba San Agustín, cuando afirmaba: “Lo superfluo de los ricos es lo necesario de los pobres. Se poseen cosas ajenas cuando se poseen cosas superfluas” (San Agustín. Comentario sobre el Salmo 147. Citado por Francisco Fernández-Carvajal en «Antología de textos») La sencillez de vida es la clave de la felicidad. No es más feliz quien más tiene. He visto a muchos “sencillos” ser más felices que muchos que tienen un desahogado nivel económico. Muchos de éstos deben de preguntarse a veces si son realmente felices, para reconocer, acto seguido, que ni el estrés que les toca soportar, ni la angustia de la responsabilidad adquirida por su rol en la sociedad, ni los “disfrutes” varios que les permite su posición económica son suficientes para mitigar esa constante insatisfacción vivencial, absorbidos por una espiral de vértigo que les obliga -creen-, cada día más y más, a seguir girando en pos de un estatus, un poder o una cuenta bancaria importantes, cada vez más importantes. Hablo, en este artículo, del sentido de la vida que resulta inherente a los sencillos por elección, por carácter, por definición y convencimiento. Porque muchos otros lo son a su pesar, aquellos que por cuestiones de diversa índole no pueden acceder, y ya les gustaría, a niveles más altos en la escala social. Estos sufren tanto o más que los ya instalados allá arriba. En este artículo me refiero a los sencillos del Evangelio. Pongo por ejemplo: la pobre viuda que da como limosna todo lo que tiene, los que no buscan los lugares de honor, la primera fila, para que se vea cuan “importantes” son, los que se hacen como niños para entrar en el Reino de los Cielos... (Evangelio de Marcos, 12, 41-44,  Mateo 23, 1-7, Mateo 18, 3-4 respectivamente). Pero no hablo de pobreza. Puede uno ser pobre económicamente y tener ansias de dejar de serlo para disfrutar de una vida desahogada. Nada que decir. Hablo de aquellos que no necesitan más que lo que tienen, sea eso mucho o poco (dinero, propiedades, etc.). De aquellos que encuentran la felicidad en la circunstancia en la que viven sea ésta la que sea. De los que basan su vida en otras cosas que las que proporciona el dinero. En este mismo sentido Angeles Caso, periodista y escritora de gran prestigio, publicó hace ya algunos años, en el periódico “La Vanguardia” de Barcelona, el siguiente artículo titulado: «Necesito poco y lo poco que necesito, lo necesito poco…», que sintetizo a continuación un tanto y que retrata, dibuja y perfila lo que es verdaderamente necesario en la vida, lo único que vale la pena tener y conseguir, lo que sí cuenta para ser feliz, lo que para ella era es, seguramente, su lema de vida: (…) “Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan. Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser. Y ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila. (…) Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada o todo.” Es la receta más atinada que nunca he leído sobre eso de la felicidad. Es la fórmula de vida que nos abre a una justa mesura de lo que es importante y lo que no. La clave de todo. Que nadie piense que hablo de que impulsar el progreso humano en forma de empresas e iniciativas económicas y de desarrollo sea malo. No va por ahí. Lo que es malo y pernicioso es entender que eso es la vida, que si no se logra ésta habrá sido un fracaso, que hay que seguir ese camino sí o sí. Pues no, se trata de una cuestión de balance entre una cosa y la otra, se trata de vivir “con sencillez”, esa sencillez que llena el espíritu y refleja un estilo de vida que es ejemplo y espejo para los demás. Para que ellos también encuentren en la sencillez, en la justa valoración vivencial de lo realmente importante, la fórmula de una vida plena y colmada. Y, por añadidura, feliz.