La respuesta está en Dios
Vivir en cristiano
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La dignidad de “ser persona”
Lo confieso… cada vez entiendo menos algunas cosas, cada vez me cuesta más comprender ciertas actitudes, cada vez me siento más confuso ante un mundo que ha cambiado de carril mientras yo y una gran parte de él nos quedábamos en el mismo de toda la vida… Hay en concreto una expresión que se oye a veces en alguna entrevista, en televisión sobre todo, que acostumbran a decir ciertas personas cuando son criticadas o interrogadas por haberse propasado en sus acciones, tanto sean verbales como de hecho, cuando tienen que explicar el porque de su actitud e intentan excusarla como sea. Esa expresión con la que esas personas terminan su argumentación es: «¡Es que yo soy así!» (esgrimida como atenuante y suficiente razón de descargo en su favor). No puedo evitarlo. Inmediatamente me salta a los labios un «¡Pues cambia, caramba, cambia!», que para eso estás vivo y tienes tiempo por delante, que quieras o no compartes tu vida en una sociedad repleta de otras gentes, que tu obligación moral -como ser humano- es la de ser mejor persona cada día. Y así ser digno de ese apelativo. Es como si vivieran solos y fuéramos los demás los que tenemos que adaptarnos a ellos. Si se han propasado de palabra o de obra… ¡es que son así! Es como si reivindicaran su “derecho” a no cambiar ni adaptarse a los que les rodean ni un ápice. ¿Pedir perdón? Ni mucho menos. ¿Aceptar que no estuvieron afortunados en su actuación? Ni por esas. ¿Comprender que la otra parte pueda sentirse ofendida, menospreciada o insultada? Que se fastidie. ¡Ellos son así! De nuevo el Pecado Original, cada vez más presente en la sociedad de hoy en día: el orgullo. El “Yo” por encima de los demás. El mundo debe de seguirles, no al revés. No piensan adaptarse a él. No quieren cambiar. Están bien como están. Y a quien no le guste como son ¡que se vaya a freír espárragos! Triste mundo éste. Un mundo con tantos reyezuelos como personas existen. Una sociedad repleta de engreídos. Una época de la historia humana en la que la palabra “humildad” no significa nada. O casi. Porque excepciones las hay. Por si alguno que me lee es así, sólo puedo repetirle: ¡Pues cambia, caramba, cambia! Sólo entonces sí podrás estar legítimamente orgulloso… de haberte “trabajado” en tu mejora personal, de haber crecido espiritualmente como ser humano, de ser un “self made man” (o woman) orientado a la perfección (aunque ésta pueda estar aun muy lejos). Ese orgullo enquistado es el que expresa Margareth Atwood, en su libro «El cuento de la criada», cuando pone en boca de uno de sus personajes esta frase: «Lo normal es aquello a lo que te acostumbras», expresión que si la tomamos en su sentido literal podría justificar cualquier cosa por disparatada, equivocada, desviada, maliciosa y egoísta que pudiera ser. Según ella podríamos declarar como “normales”: - la mentira compulsiva que a muchas personas les sale de natural constantemente (sin sonrojarse en ningún momento). - la mala educación que muestran cuando, por costumbre, tiran al suelo de la calle latas de cerveza, cajetillas vacías de cigarrillos, o chicles, solo por poner unos cuantos ejemplos (como si los servicios municipales de limpieza estuvieran sólo para trabajar para ellos). - la enfermiza y taimada actitud de aquellos usuarios de las redes sociales que amparándose en una supuesta privacidad del medio y ocultos detrás de perfiles impersonales o engañosos vierten insultos, falsas acusaciones, improperios varios o, incluso, amenazas sobre personas que por una u otra razón no les caen bien (y lo hacen constantemente). - ciertos comportamientos maleducados de algunas personas que reiteradamente, “por costumbre” y en transportes públicos: no ceden el asiento marcado para este fin para personas mayores, con dificultades de movilidad o mujeres embarazadas,… ven videos en el móvil, juegan con él a algún divertimento tipo “marcianitos” (esos que emiten ruiditos a cada tecleo), o mantienen una conversación telefónica, todo ello a pleno volumen o casi, sin tener en cuenta que otros usuarios tienen derecho a poder pensar  con tranquilidad y sin distracciones acústicas… o ponen los pies (los zapatos inevitablemente sucios para ser más exacto) en el asiento de delante sin ningún miramiento para el que después se siente ahí… Y etcétera. Podría poner muchos más ejemplos, pero ustedes, los que leen este artículo, seguro que podrían encontrar muchos otros e incluirlos en esta lista. ¡Es tan triste considerar como “normal” lo que simplemente es costumbre hacer mal! ¿Por qué no invertimos del revés la frase (y su concepto inherente) para afirmar que es anormal aceptar aquello que hacemos mal, que no es de recibo “normalizarlo” por el simple hecho de que nos hemos acostumbrado a ello? Lo normal tendría que ser lo bien hecho y lo anormal todo lo mal hecho. Sin más. Y hasta diría que por pura lógica. No por mucho reiterar un hecho mal llevado lo convertimos en aceptable. Cualquier dejación y renuncia en este sentido es, simplemente, desidia y negligencia, pues estamos llamados a mejorar nuestros hábitos de vida, nuestra calidad como personas, no a acostumbrarnos a ellos soslayando lo perniciosos que puedan ser. Por pura dignidad de ser humano. No en balde somos el máximo exponente, el punto culminante de la Creación. Y no siempre se nota.